martes, diciembre 22, 2015

Invierno dosmilquince

Llega Navidad. Esa época del año en que los abrazos forzados y las risas fingidas tratan de inundar cada rincón del hogar, durante menos de cinco horas. Las llamadas por Skype se alargan, las notificaciones de whatsapp se atiborran y las conversaciones después de la comida se apagan y ahuecan. Me pregunto si el estereotipo de familia funcional de temporada decembrina aún se puede adquirir en los anaqueles de la esquina, arrancando el anuncio de una revista de chismes o comprando la pantalla HD 4k en oferta. -musité.

Guardé y pensé en silencio, que estos días, este clima, estos cielos y las noches flemáticas me hacen recordar aquellas tardes en las que saliendo de la universidad, caminando por las banquetas sentía que en cualquier segundo simplemente desaparecería de esta tierra, como si la extensión de mi alma se cambiara y no pudiera ser leída más por las bases de datos del presente... de ese entonces... 
Parece que la soledad me araña las cobijas todos los días a las doce de la noche. Parecía que yacía en mi destino esta naturaleza taciturna pero no, yo la he escogido. El aislamiento por decisión propia, el desamparo, el encierro en uno mismo, la separación de las masas; ésta, la soledad que me pesa, es intelectual, espiritual, el desengaño de saberse incomprendido hasta el último pulso, de entender el egoísmo en el que cada entidad se desenvuelve y florece y marchita y muere aislado para siempre del entendimiento de otros seres rozando pequeños fulgores de empatía durante el transcurso de su vida: la soledad escogida, el encierro innato.

"Y esta soledad que viene del ser,

no del estar"

Cuando intento atrapar el sueño, la luna se cuela por la pequeña ventana sin cortinas y me quema las pupilas por encima de los párpados. No he de molestarme contigo, pequeño satélite, también vives absorto en tu perímetro diminuto sin adivinar qué hay más allá de tu cara iluminada. Creerás que tu brillo es propio sin imaginar que sólo eres una piedra a merced de las fuerzas superiores a tu masa, pero aquí estamos los dos: solos, derramados cada quién sobre su propio paisaje. Tú, el sueño de amantes, y  la causa de mi insomnio y molestia ésta semana.Tú y este hueco que me carcome hasta los huesos, una interioridad tan maldita que me abre grietas en los suspiros y me teje nudos en la garganta. 
¿Hasta cuándo habremos de conocer lo que es verdadero? 

Leía en la tarde un cuento - comencé a contarle- sentada en uno de los vagones del metro, y recordé lo inevitable que estamos destinados a estar inmersos en un juego de planos, realidades e inviernos que cada uno, cada mente recordará como quiso y no como hubo sucedido. Que somos egoístas por naturaleza instintiva, y que mejor comprendernos como animales que como humanos, porque estamos muy lejos de dominar ese concepto. Por eso yo he aceptado mis dolencias y padecimientos. Me vivo sabiéndome jamás comprendida, que moriré sin que nadie sepa realmente lo que mi existencia significaba para este tiempo y esta época (porque tampoco yo lo sé), que quedarán perdidos en un par de años los sueños e ingeniosas ideas que rondaron en mi cabeza algún día y llegaron a parir mis huesudas manos con tanta dedicación y cariño; que nunca nadie habrá de mirarme a los ojos para decirme que también siente esa concavidad en los huesos y que también sospecha que la vida, a veces, está inflada, para darme cuenta que los dos tenemos las pupilas huecas y hay más espacio dentro de nosotros mismos de lo que creíamos. 

-Qué difícil pasar los días así. - me dijo. Todos los días despierto recordando mi mortalidad y lo fugaz que será mi existencia, muchísimo menos de lo que tarda en extinguirse una estrella... También siento que la vida está inflada, a veces, y siento que hay un hueco incalculable en mí entre todas las vísceras. A veces siento que ese vacío es interminable, y que con cada lunación se vuelve más indefinido... y que moriré sin que nunca nadie lo comprendiera ni que yo lo terminara de haber comprendido.

Miré fijamente sus pupilas y pude ver un reflejo como el que se forma cuando le pega directo el sol a la lente de la cámara. Detrás de ello había nada, un negro incalculable que se extinguía hasta donde uno lo deseara. En un segundo parecía carecer de profundidad y en otro, extenderse hasta lo absurdo.
Seguí mirando retadoramente y creí ver un destello que pasó corriendo hasta lo que imaginé, era el fondo de ese vacío.

Me recliné hacia atrás para separarme del espejo.

 La vida me queda holgada y el tiempo no'más no me calza; mi alma está ya muy vieja para la apariencia que da este cuerpo. A veces pienso que las ojeras y las manos enjutas son la única conexión verdadera con mi conciencia.