domingo, agosto 09, 2015

Pajarillo

"Noches, en las que uno sólo desea dejar de ser,
tardes que se extienden como sombras de árboles hasta los pies.
A uno le dan ganas de irse de puntitas
por la vida,
suavecito
y en silencio,
poco a poco sin hacerse notar;
tirarse en los pastos más lejanos
y quedarse ahí hasta que le dejen de pensar,
hasta que ya no le nombren, hasta que ya no le busquen,
hasta que vuelva a sentir como dios lo trajo al mundo:
solo y desnudo,
sin pecados,
sin sueños, sin raspones y cicatrices, sin
recuerdos, novato inocente y seguro,
sin deseos de de volverse susurro
de convertirse en silencio,
de evaporarse en un segundo y volver a subir al cielo en forma de nube,
o de insecto,
o de brisa o de ave o cualquier jodida cosa
que deje de tocar el suelo...
porque pesa, pesa quedarse aquí abajo aguantándose la existencia de uno mismo
y de los demás,
y no viene, y no llega la hora que se esté en paz,
se encuentre la calma y el consuelo necesario para descansar.
Me llevo todo, para limpiar."







ACTO NÚMERO UNO:


-Shhhhh- dijo- quiero escuchar ese ruido que hace tu nariz cuando dejas de pasar aire.
Los dos cerraron sus ojos y llenaron sus pulmones de ese instante. Contuvieron la respiración veintisiete segundos. Exhalaron. Repitieron. Se tomaron de las manos. Susurraron. No se escucharon.

Se recostaron y dejaron correr las agujetas de sus zapatos. Vieron al cielo:

"Undostres por mi y por todos mis amigos,
un dos tres por mi y por los que a volar aprendimos" recordó.

-Quiero huir- le dijo sin mirarlo- de la vida, del mundo, de todo... de la tierra. Empezar de nuevo sin ser nuevo. Ya no me busques, ya no tengo ojos para ti. Hoy te abrí la puerta por cortesía, porque he sido amable contigo, siempre lo he sido cuando llegas sin avisar, pero hoy, ya no te amo. Me he enamorado de la vida, de ESTA vida, no de la que traes en tus valijas o en tus bolsas viejas. Ya no hay espacio para tantos utensilios, trastes y cachivaches, no para este viaje. Estoy perdiendo el interés en ti, en tus cuentos y remembranzas, y me he percatado que la mayoría de los reproches siempre han surgido, cuando llegas a casa y le quitas la correa a los prejuicios y dejas que anden correteando por todas las habitaciones y los jardines y las terrazas.

Guardó silencio un momento y continuó:

-Toma uno de tus sacos rotos, tu sombrero, tu rastrillo, tus lentes, tu mecedora y empaca tus cosas. No dejes nada, ni un mueble, ni un objeto, ni una nota, nada. Hazme una lista de aquellas cosas que consideres fueron importantes para nosotros en estos últimos años y guárdala en el pecho.
Vete de vacaciones, a marzo, al año pasado, al dos mil cuatro, a donde tú quieras. Regala tus cosas conforme vayas visitando, déjalas ahí, donde pertenecen. Ya no te traigas nada ni le robes pedazos a la gente, a los lugares de allá.

Hubo otro momento de silencio hasta que uno de ellos se levantó. Se sacudió el pasto del pantalón. Tomó sus lentes, su rastrillo, su mecedora, su radio vieja, sus sartenes, su cama y las metió en su maleta. Hizo un chiflido y ató sus correas a los prejuicios cuando llegaron ladrando hacia él. Recogió su sombrero y se lo puso sobre la cabeza. Se abotonó el saco roto.

-¡Pasado, espera!. Aquí está tu boleto de ida.

Tomó el boleto de su mano e hizo una mueca amable. Recogió sus demás valijas del pasto y se marchó en calcetines hasta que ya no se le vio entre los sauces del parque.






ACTO NÚMERO DOS:


Pasado regaló sus cosas
conforme iba viajando.
No quedó nada: muebles, mecedoras,
sartenes, libros, cuadernos, notas,
piedras, cigarrillos, estrellas,
artefactos, cachivaches, etcétera.
Y conforme iba viajando se dio cuenta
que se sentía más fresco, ligero
se le veía más risueño.
Llegó entonces a 1990
y se encontró que ya era
un chiquillo. ¿A qué había venido?
¡Ah! a jugar con unos niños.
¿A qué había venido?
Ah, ya no se acordaba,
qué importaba,
pensaba mientras
por la resbaladilla se aventaba.
¿A qué había venido?
¡Ah!, ¡los columpios! ¡qué divertidos!
¡Hace cuanto no volaba como pajarillo!
¿A qué había venido?
-¡Listos o no allá voy!-
y echó a correr detrás de sus amigos.





Se quedó recostada en los pastos media, una, dos horas después de que lo vio marchar. Se puso sus tenis, recogió los zapatos olvidados y ató sus agujetas entre ellos.
En el camino a casa los aventó a unos cables y quedaron colgando.
Cuando llegó todo estaba limpio, amplio, en orden. Había más silencio del normal. Se sentía bien.
Dio unos pasos y encontró una nota de él en el piso. Creyó que era la lista que le había pedido pero suspiró con paz cuando terminó de leerla. "Pajarillo", decía en el inicio.